Ahora que puedo salir ¿Por qué prefiero no hacerlo?

El confinamiento ha puesto a nuestra sociedad en una situación extraña contraria a la cotidianidad de las prisas, el estrés, la calma mínima, la falta de descanso y las “casas dormitorio”, con poco tiempo para el autocuidado y el compartir con la familia.

Esta nueva realidad nos ha obligado a parar en seco, a mirarnos a nosotros mismos y a reencontrarnos con las personas con las que convivimos, dando paso a un periodo más introspectivo de lo que acostumbramos, alejados “del ruido y la velocidad”.

Con la desescalada nos han permitido salir de nuevo, aunque con restricciones y medidas de seguridad. La mayoría lo hemos recibido con ilusión y esperanza, como un primer paso hacia la recuperación de la vida social. Otros, sin embargo, lo están viviendo con angustia y miedo, decidiendo quedarse en casa. Un tercer grupo, ha salido, pero con sentimientos encontrados, ilusión por tener mayor libertad de movimiento, pero cierta ansiedad al anticipar las partes más estresantes de “esa vuelta a la realidad”, como la vuelta al trabajo, la falta de tiempo para invertir en uno mismo o la falta de tiempo para compartir con las personas con las que se convive.

Los dos últimos grupos estarían dentro de lo que se ha hecho llamar “El síndrome de la cabaña”. Por motivos diferentes, preferirían seguir disfrutando de la seguridad y tranquilidad que les reporta su hogar y les gustaría retrasar “la vuelta a la normalidad”.

Este fenómeno no es en sí mismo una patología, es un proceso adaptativo, derivado de la situación actual. Ahora, es importante estar atentos al afrontamiento y evolución del síndrome, para evitar que dé paso a verdaderas psicopatologías como trastornos de ansiedad, agorafobia o trastornos obsesivos.

La aparición de “El síndrome de la cabaña” puede deberse a dos motivos fundamentales:

  • El miedo
  • El deseo de permanecer por más tiempo en casa.

Desde el punto de vista del miedo, cabe reseñar que actualmente existe un peligro externo real y es lógico que al pensar en la crisis del covid-19, en los fallecidos, enfermos, la posibilidad de contagio y las posibles consecuencias personales, familiares y laborales derivadas de esta situación, se puedan disparar sensaciones de miedo, ansiedad y preocupaciones. El problema empezaría a agravarse si el miedo bloqueara la toma de decisiones y los desplazamientos obligados de las personas, las salidas se aplazasen cada vez más, la angustia se disparase llegando a síntomas de ansiedad, y la preocupación derivara en pensamientos obsesivos vividos como incontrolables, interfiriendo de forma significativa en la vida cotidiana de la persona.

En cuanto al deseo de permanecer por más tiempo en casa, para disfrutar de la tranquilidad y la seguridad que les reporta, es curioso analizar como muchas de las personas anticipaban la idea de confinarse con sensación de agobio y ponían en duda su capacidad para afrontar la situación sin desajustarse. Sin embargo, debido a la obligación de “parar en seco”, han hecho un viaje hacia su autodescubrimiento y el encuentro con las personas con las que conviven, se han despojado del estrés del trabajo e incluso ante situaciones de incertidumbre laboral, han sido capaces de calmarse y vivir el aquí y ahora, al sentir que no pueden anticipar lo que va a pasar y que merece la pena darle vueltas. Al poder volver a salir a la calle, sienten que están más cerca de su “vida anterior” y del estrés asociado. Esto les genera reticencias a salir porque por un lado les apetece y por otro les gustaría frenar la vuelta a la realidad.

Para evitar que se termine desarrollando una patología, serían de utilidad las siguientes recomendaciones:

En el caso del miedo, intentar dar forma a lo que cada uno teme. Para la parte más racional, relacionada con el contagio, es importante racionalizar las medidas de seguridad que están en nuestra mano y recordar que si se extreman, no tiene porque llegar el contagio. Si existen pensamientos obsesivos intrusivos, intentar encontrar un equilibrio entre la ausencia de información y la sobreinformación.  A una persona que esté las 24 horas en contacto con noticias negativas y que sus conversaciones giran constantemente sobre éstas, le será más complicado desconectar. Lo más saludable sería protegerse y hacer una buena gestión del tiempo invertido en conversar e indagar sobre el Covid-19.  En cuanto a la ansiedad que puede despertar el imaginarse saliendo de casa, sería conveniente afrontarlo de forma gradual, con pequeños retos diarios, para ir poniendo realidad a las sensaciones que uno cree que va a sentir y no aplazar en el tiempo el momento de salir, ya que “cada vez que lo evito, mas incapaz me siento de hacerlo”.

En relación a las personas que desearían ralentizar la vuelta a la realidad, por la seguridad, tranquilidad y disfrute que su casa les reporta, sería recomendable que utilicen esas sensaciones para avanzar y plantearse cambios en sus rutinas, prioridades y forma de vivir una vez se retome la normalidad. Parece que el confinamiento les ha podido poner en contacto con necesidades olvidadas o a las que no habían atendido y pueden recogerlas para modificar sus hábitos dentro de lo posible e iniciar cambios hacia el bienestar y el desarrollo personal.

Si se identifica con este artículo, siente que los síntomas vivenciados interfieren de forma significativa en su vida y se siente incapaz de llevar a cabo por sí mismo las recomendaciones indicadas, consulte con nuestros psicólogos sanitarios.

Autora del artículo: Mónica Barragán Serrano (Ver Curriculum)

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